Incendios forestales: planificar mejor… ¿pero prevenimos de verdad todo el año?

A propósito de la Resolución de 23 de abril de 2026 que publica la Directriz Básica de Planificación de Protección Civil ante el riesgo de incendios forestales

La nueva Directriz Básica de Protección Civil frente a incendios forestales llega en un momento en el que España ya no puede permitirse tratar este riesgo como algo estacional. Los incendios han dejado de ser un problema del verano para convertirse en una amenaza recurrente, cada vez más vinculada a condiciones climáticas extremas y a cambios profundos en el territorio. La norma actualiza protocolos, mejora la coordinación y afina los mecanismos de respuesta. Pero, más allá del avance técnico, hay una pregunta que sigue sin respuesta clara: ¿existe una prevención real durante todo el año o seguimos reaccionando cuando el problema ya está encima?

Una planificación cada vez más sólida… en la fase de emergencia

Si algo ha mejorado en España en las últimas décadas es la capacidad de respuesta. Los dispositivos de extinción son más profesionales, los medios más avanzados y la coordinación entre administraciones más fluida que en el pasado. La directriz refuerza este enfoque, definiendo con mayor precisión los niveles de alerta, los procedimientos de actuación y la movilización de recursos.

En este terreno, el sistema funciona. Cuando el incendio se declara, la maquinaria se activa con rapidez y eficacia creciente. Pero esa fortaleza operativa contrasta con una debilidad más silenciosa: lo que ocurre antes del incendio.

La prevención: una idea asumida, una práctica irregular

Sobre el papel, la prevención está plenamente integrada en el modelo. Se habla de gestión forestal, de mantenimiento de cortafuegos, de ordenación del territorio y de concienciación ciudadana. Sin embargo, la aplicación de estas medidas es desigual y, en muchos casos, intermitente.

Durante los meses de menor riesgo, la intensidad preventiva se reduce. Los trabajos en el monte se ralentizan, los recursos disminuyen y la atención institucional se desplaza. El sistema parece funcionar con una lógica cíclica: se prepara en primavera, se reacciona en verano y se relaja en otoño e invierno. Ese patrón, que pudo ser válido en el pasado, empieza a mostrar sus límites en un contexto donde el riesgo ya no desaparece fuera de temporada.

El territorio: el verdadero origen del problema

Más allá de los planes de protección civil, el problema de fondo sigue estando en el territorio. El abandono del medio rural ha transformado el paisaje en muchas zonas, acumulando biomasa y eliminando el mosaico agrícola que actuaba como barrera natural frente al fuego.

La directriz reconoce esta realidad, pero no puede resolverla. La prevención efectiva no depende solo de dispositivos técnicos, sino de políticas agrarias, forestales y demográficas que mantengan el territorio activo. Sin esa base, cualquier estrategia de prevención se queda incompleta, por muy bien diseñada que esté.

La expansión urbana en zonas de riesgo

Otro elemento que complica la prevención es el crecimiento de viviendas y urbanizaciones en entornos forestales. La llamada interfaz urbano-forestal se ha convertido en uno de los puntos más vulnerables. Aquí, el riesgo no solo es mayor, sino también más complejo de gestionar.

La directriz establece criterios y recomendaciones, pero su aplicación depende en gran medida de la planificación local y del comportamiento de los propios propietarios. En muchos casos, las medidas de autoprotección no se aplican con la continuidad necesaria, lo que deja espacios especialmente expuestos cuando llega el fuego.

Cambio climático: el factor que lo altera todo

El contexto climático actual obliga a replantear el concepto mismo de prevención. Temperaturas más altas, sequías prolongadas y episodios meteorológicos extremos hacen que el riesgo sea más persistente y menos previsible.

Esto debería traducirse en una prevención continua, no concentrada en unos meses concretos. Sin embargo, el sistema todavía arrastra inercias que dificultan ese cambio. La directriz apunta en la dirección correcta, pero la adaptación real dependerá de la capacidad de mantener recursos y actividad preventiva de forma sostenida.

Más coordinación, pero aún con margen de mejora

Uno de los avances más claros del nuevo marco es la mejora en la coordinación entre administraciones. Estado, comunidades autónomas y entidades locales cuentan con un esquema más definido de actuación conjunta. Esto es clave en la gestión de grandes incendios.

Sin embargo, en el ámbito de la prevención, la coordinación sigue siendo más compleja. Las competencias están repartidas y no siempre se traducen en una estrategia homogénea en todo el territorio. La planificación existe, pero su aplicación práctica varía.

Preparados para actuar, pero no siempre para evitar

La nueva Directriz Básica refuerza un sistema que ya ha demostrado ser eficaz en la respuesta a emergencias. España está mejor preparada que hace años para afrontar incendios cuando se producen. Pero la prevención durante todo el año sigue siendo una tarea incompleta.

No por falta de normas, sino por la dificultad de mantener una acción constante, coordinada y estructural en el tiempo. Mientras la prevención dependa de ciclos y no de una estrategia permanente, el sistema seguirá destacando más por su capacidad de reacción que por su capacidad de anticipación. Y en un escenario donde los incendios son cada vez más intensos y frecuentes, esa diferencia es la que marcará el verdadero éxito de la política pública.

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